miércoles, diciembre 28, 2005

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No escribo este prologo para contar mi vida. Como muchos, tuve que huir de mi país. Estuve preso en Montevideo seis meses, y cuando pude terminé en España. Nunca tuve problemas con los idiomas; al poco tiempo estaba trabajando en Bélgica. Enseñaba castellano y trabajaba en la embajada peruana, un favor de un viejo compañero.
En 1979 me hice amigo del periodista y aventurero George Kuifje. Yo había conocido a un viejo enemigo suyo, un empresario llamado Bohlwinkel que vivía en Sao Pablo. Kuifje me relató sus aventuras a lo largo del mundo, que yo comencé a transcribir en unos viejos cuadernos. Siempre tuve hasta ese momento vocación de escritor; por otro lado, me sentia vacío, sin capaz de crear nada que valiera la pena por mi mismo.
Kuifje me autorizó a publicar un par de sus aventuras en el recién fundado ‘De Morgen’. Accedió; las notas pasaron sin penas ni gloria. No mucho después, perdí comunicación con Kuifje. Los cuadernos languidecieron en la embajada, sin publicación.
Las cosas estaban mal en la embajada; paradójicamente, la democracia había vuelto a Perú y el presidente Bermúdez estaba limpiando todo el personal diplomático. Renuncié para no perjudicar a mi amigo, y de pronto estaba perdido de nuevo.
Una tarde, en la Koningsplein de Bruselas, bajo la estatua de Godofredo de Boillon, un hombre se me acercó. Era un estadounidense, maduro y frío. Me llamó la atención su smoking blanco e impecable. Me dijo que se llamaba Elijah Snow, y quería ofrecerme trabajo. Que podía hacer, acepté.
Resulto que había leído las notas de los viajes de Kuifje. Le habia gustado mi estilo. Pasamos por la pensión, recogí mis cosas y tomamos un tren a Ginebra. En la frontera ni siquiera revisaron mi pasaporte. Snow era, evidentemente, un pez gordo.
Después de dos días de viaje, visitamos la vieja sede de la universidad de Zurich. En un anexo en el sótano, en una sala abovedada y con presión controlada, encontramos una serie de cuadernos, manuscritos y publicaciones, escritos en distintos idiomas. Snow la llamaba “la colección Murray”. Me explicó que estos textos eran diarios de viajes de tres aventureros distintos. La primera era Wilhermina Harker-Murray, una activa viajera de principios de siglo. El segundo eran los cuadernos de viajes de un famoso arqueologo y aventurero, Henry Jones II.
El tercero era el diario de viajes del propio Snow.
Mi misión era simple. Debia compilar esos tres escritos en un inmenso atlas. El atlas de los secretos del mundo. Una vez que haya compilado geográficamente todas las entradas, debía tratar de buscar otras fuentes y materiales, viajando personalmente a los lugares si era necesario. Para ello, contaría con los recursos de una organización llamada planetary, tan secreta como era necesario.
Nunca supe por que acepte una tarea semejante. Ni porque desde entonces he dedicado mi vida a ella.